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Simone Gulí

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Para la serie "Tipi dell'Acquasanta", no podemos dejar de hablar de un gran Acquasantino: el comandante Simone Gulì a quien se dedicó la primera via Acquasanta.

Creo que la gran mayoría de los habitantes de Acquasanta, especialmente los jóvenes, nunca se han preguntado quién era este comandante.

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Cuando ocurrió la tragedia del transatlántico "Principessa Mafalda", el 25 de octubre de 1927, mi padre tenía sólo 19 años, pero sus hermanos tenían unos cuantos más y eran ellos quienes lo recordaban bien.

Luego, mi abuelo Pasquale Marchese, nacido en 1867, lo había tenido como amigo de la infancia.

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No nos quedaremos aquí para repasar las etapas de la tragedia, de la que hay amplia noticia en la Red, aunque las "obscenidades" siempre están al acecho. En algunos sitios leemos, por ejemplo, que Simone Gulì nació en 1872 (ma runni i pigghianu, 'ru saccu?), o que antes del naufragio había un barco a sólo treinta millas de distancia y que llegaría en 20 minutos. . Por supuesto, un Ferrari a 180 km / h lo habría hecho, ¡o que Gulì fue visto por alguien tirando su gorra al aire y luego disparándose! ¡Pero qué pasaría si estuviera oscuro como boca de lobo!

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Más bien, queremos tratar el lado privado del capitán, con sus orígenes. Sabía que nació en 1868, pero esta misma mañana, a partir de que, en el momento de la tragedia, tenía 62 años, como escribieron los periodistas de Nápoles que fueron a buscar a su mujer a San Giorgio a Cremano .

 

Fue muy fácil, a través del sitio "Antenati" para encontrar lo que se necesitaba. Tenemos que agradecer a los mormones de Salt Lake City (FamilySearch), que microfilmaron tantos registros de estado civil entre los años 70 y 90, si tenemos tantos registros en línea hoy, respaldados por nuestro Sistema Nacional de Archivos, a través del sitio "Ancestors", precisamente.

 

Simone Gulì nació en el Molo (que una vez también identificó todas las casas de via Acquasanta, al menos hasta el Lazzaretto) el 26 de junio de 1865, hijo de Vincenzo y Laura Monasteri, volumen 894, número de acta 2788. Su padre Vincenzo Gulì , hijo de Salvatore y Bruno Maria, se había casado con Laura Monasteri el 12 de octubre de 1860, sección Molo, volumen 409 n ° 143. Vincenzo Gulì nació el 27/12/1837 (año del cólera, 22 mil muertos), Santa Sección Ninfa. Nuestra colega Simone Gulì se casó el 26 de diciembre de 1895 con Rallo M. Concetta di Mario y Lo Casto Maria. Quién sabe si este Mario no tiene nada que ver con Mario Amorello.

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En Nápoles hay un descendiente del comandante Gulì, el prof. Vincenzo Gulì (neo-Borbón), sobrino del hermano del comandante, Salvatore (4/4/1862), también comandante. En YouTube hay una entrevista con el bisnieto. No sé si hay descendientes directos de S. Gulì, habría que consultar los índices de diez años/nacidos de Palermo o Nápoles. En el acta de nacimiento, uno de los testigos era el abuelo materno Simone Monasteri... honor al gran Simone Gulì......... sic transit..

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Gaetano Marchese

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Simone Gulí
Principessa Mafalda
Guli-Pirandello

L NAUTICO & L'ACQUASANTA

 

Simone GULI '(1865-1927) y Pasqualino MARCHESE (1867-1941). Amigos de la infancia.

El gran Comandante y mi abuelo 1° Nostromo, ambos en naves NGI.

 

Simone GULI 'nació en Palermo el 26 de junio de 1865 de Vincenzo, pastelero, y Laura Monasteri, en una casa encima de lo que fue, en los años 1950-1960,' u putiinu (Banco Lotto) junto a la taberna Traina, en via Acquasanta, luego .... a través de Simone Gulì. Fue bautizado en la iglesia de S. Lucia al Borgo, que luego fue parroquia del Molo (Montalbo, Acquasanta, Arenella); A pocos metros, en una choza, vivía la familia de mi bisabuelo que luego se mudó a Vicolo Pipitone cuando se terminaron las primeras casas en 1870.

En la familia se transmitía que los dos compañeros, Simone y Pasqualino, se conocían bien, amigos de la infancia, en fin. Sin embargo, no está claro en el folleto de navegación de mi abuelo que este último haya navegado alguna vez en barcos bajo el mando de Simone Gulì, también porque él, después de graduarse como Capitán de Gran Curso en nuestra Náutica, tuvo una buena carrera y luego siempre destinado comandar los prestigiosos y grandes barcos de pasajeros de la NGI.

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En Internet, muchos escriben sobre el Comandante Gulì y su trágico final a bordo del vapor “Principessa Mafalda”. En definitiva, este barco, que había sido explotado durante 20 años en las rutas migratorias especialmente para Sudamérica, se encontraba en precarias condiciones, carente de mantenimiento (los emigrantes representaban un rico negocio para la Compañía y no había tiempo que perder en demoras en el mantenimiento) . Gulì había presentado esta grave situación a los responsables, pero nunca fue escuchado. El último viaje (después de que tuviera que ir al derribo), Génova-Río de Janeiro fue una odisea, paradas continuas en el mar, y en Dakar para reparar el coche dejado y las cámaras frigoríficas, comida por el desagüe, etc. 13 nudos .

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El 25 de octubre de 1927, frente a las costas de Brasil, la tragedia final. Hubo un estruendo: nada menos, el eje de la hélice izquierda había sido removido por completo, devastando la sala de máquinas y provocando una fuga irreparable que provocó el hundimiento del barco. 314 personas murieron oficialmente, los tiburones hicieron "fistazza". Simone Gulì pereció con su barco. Algún idiota escribió que lo vieron pegarse un tiro para acabar con eso y así parece que el Ingeniero Jefe, Scarabicchi ya lo había hecho.. Nunca lo creeré. Además, era de noche y nadie podía testificar sobre ello. Entre los pasajeros que escaparon estaba Ruggero Bauli, quien viajaba a Brasil con las herramientas para producir su famoso Pandoro.

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El gran comandante vivía con su familia en S. Giorgio a Cremano (Nápoles), no tenía herederos directos. En Nápoles vive Vincenzo Gulì, profesor universitario y descendiente de un hermano de Simone, Salvatore Gulì.

El Director del NGI, varias amapolas, ministros (Costanzo Ciano) etc. ni siquiera asistieron al recuerdo fúnebre, que tuvo lugar tiempo después. De hecho, restaron importancia a la tragedia, enfatizando el valor del Comandante y su tripulación.

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Más tarde, Via Acquasanta pasó a llamarse "via Comandante Simone Gulì", una medalla de oro al valor civil.

Mi abuelo, había perdido a su amigo de la infancia.

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Gaetano Marchese, sobrino de Pasqualino

Un bel racconto di Vincenzo Messina

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Voglio condividere con gli amici di Facebook, alcuni dei miei racconti che verranno editi in una Antologia.

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Inizio dal Racconto “S.O.S.”, che dedico a tutti i nostri connazionali, che partirono per il Sud America, pieni di speranza di una vita migliore e a volte il destino maledetto non permise loro neppure di arrivare.

Una dedica speciale agli amici acquasantini ed in particolare a Pasqualino Marchese, che con la sua patriarcale saggezza e con l’attaccamento alle nostre tradizioni, si è posto nel tempo, come punto di riferimento per parte della nostra comunità italo-argentina.

Grazie Pasqualino e...”BUENA VIDA”.

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S.O.S.

Il boato non arrivò dalle orecchie, ma da sotto i piedi. Un brivido di ferro e fuoco che scosse il ventre del piroscafo Principessa Mafalda II, dritto nel mezzo dell'Atlantico, dove l'azzurro si fa così profondo da sembrare nero.

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Era il 1948, la guerra era finita sulla terraferma, ma l'oceano conservava ancora i suoi spettri metallici:

Una mina semisommersa, un bacio di ruggine e tritolo.

Poi, il silenzio della dinamo che muore. E infine, il grido del mare che entrava a fiumi nello squarcio.

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Il Caos e il Piano inclinato

In pochi minuti, la nave prese a inclinarsi sul fianco sinistro. Sul ponte di coperta, la miseria della terza classe si riversò all'aperto in un fiume umano di dialetti meridionali, preghiere spezzate e stracci.

Famiglie che avevano investito l'ultimo centesimo per un biglietto verso Buenos Aires si trovarono davanti all'inferno.

L’ordine del Comandante risuonò duro, amplificato dai megafoni a manovella:

"Abbandonare la nave! Donne, anziani e bambini alle scialuppe!"

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Ma la fisica non ha pietà.

Con lo scafo inclinato a babordo, le scialuppe del lato destro rimasero sospese nel vuoto, impossibili da calare, mentre quelle di sinistra sbattevano violentemente contro la lamiera:

Metà dei mezzi di salvataggio era già perduta.

La paura cambiò pelle, diventando ferocia.

Un uomo di mezza età, con gli occhi sbarrati dal terrore, cercò di farsi largo verso l'unica lancia pronta, calpestando i bagagli abbandonati. "Indietro! Prima i piccoli!" urlò un marinaio, il volto rigato di sudore e carbone, brandendo un'accetta da incendio per tenere a bada la folla.

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Storie di Carne e di Sangue

Nel disastro, l'umanità si divise nei suoi estremi.

I destini spezzati:

C'era chi si aggrappava alle ringhiere cantando litanie alla Madonna, e chi, come la famiglia Esposito di Napoli, si stringeva in un cerchio stretto. Il padre, Antonio, legava con una corda di canapa i suoi tre figli alla vita della moglie, Carmela. "Se andiamo giù, andiamo insieme", sussurrava, mentre il pavimento diventava una parete verticale.

Il sacrificio: Poco distante, un giovane piemontese, che viaggiava solo, cedette il suo posto sulla scialuppa a una madre che stringeva un neonato. Non si dissero una parola, solo uno sguardo che valeva una vita intera.

Lui tornò indietro, accendendosi l'ultima sigaretta con le mani tremanti, con la schiena appoggiata al fumaiolo inclinato.

Dalla sala radio, il telegrafista continuava a battere disperatamente il codice Morse. S.O.S. – S.O.S. La risposta arrivò, debole e metallica:

Un cargo inglese, il Silver Star, aveva intercettato il messaggio.

Ma la matematica dell'oceano era una condanna:

Sei ore di navigazione di distanza. La nave sarebbe affondata in meno di due.

Poi, il marconista, che era rimasto al suo posto, utilizzando le batterie d’emergenza, ricevette una risposta.

“Qui Comando della Marina Militare argentina; abbiamo ricevuto il vostro S.O.S e le vostre coordinate.

Tre incrociatori veloci della nostra marina stanno salpando e vengono a tutta forza verso di voi.

Potrebbero farcela in circa 4 ore. Resistete ragazzi.”

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L'Ultimo Salto

"Lanciatevi! Chi ha il salvagente si lanci!"

Il bordo della nave era ormai a pochi metri dal pelo dell'acqua. L'oscurità del mare era rischiarata solo dalle torce d'emergenza e dai razzi rossi che tagliavano il cielo, spegnendosi nel nulla con un sibilo sinistro.

Cento, duecento persone si lanciarono nel vuoto. L'impatto con l'oceano fu un trauma di ghiaccio. Ma il vero orrore non era il freddo.

Attirati dal tumulto, dalle vibrazioni della nave morente e dalle prime ferite, le pinne grigie iniziarono a tagliare la superficie dell'acqua:

Gli squali dell'Atlantico.

Dalle scialuppe già in mare e dal ponte della nave si levarono grida disumane.

Chi era in acqua cercava disperatamente di formare dei cerchi, sbattendo i piedi per scacciare le ombre voraci che stringevano il cerchio.

Un banchiere svizzero di prima classe e un bracciante calabrese si trovarono abbracciati allo stesso pezzo di legno, uniti dallo stesso identico terrore, mentre l'acqua intorno a loro cominciava a fare intravedere gli assassini degli abissi, poco visibili nella notte, ma drammaticamente reali.

La nave diede l'ultimo sussulto, la prua tesa verso le stelle come un dito accusatore, prima di essere inghiottita dal silenzio dell'abisso, lasciando i sopravvissuti soli, sospesi tra un cielo indifferente e un mare nemico.

...e ad un tratto, il tempo sembrò fermarsi.

In quel perimetro di mare tinto di terrore, dove la morte girava in tondo sotto forma di pinne grigie, l'ombra più imponente di tutte si staccò dal gruppo.

Era un esemplare mastodontico, una creatura antica che portava sul dorso i segni di mille tempeste, il re indiscusso di quel branco.

Con movimenti lenti, quasi solenni, lo squalo puntò dritto verso una giovane madre, Maria, che galleggiava stretta a un pezzo di paratia lignea, tenendo il piccolo tesoro della sua vita – il figlio Carmine, di appena tre anni – sollevato verso il cielo.

Il gelo che calò nelle vene della donna non era quello dell'oceano. Chiuse gli occhi, stringendo il figlio in un abbraccio che voleva essere uno scudo contro l'inevitabile.

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Ma il mostro non azzannò.

Rallentò fino a fermarsi a pochi centimetri dal petto di Maria.

Il suo enorme muso affiorò dall'acqua, muovendosi lentamente da destra a sinistra insieme alla coda, in una danza d'altri tempi.

Fu allora che accadde l'incredibile.

Il piccolo Carmine, ignaro delle leggi degli uomini e della fame dei mari, vide in quel gigante solo un grande cane bagnato.

Con l'innocenza che solo i bambini posseggono, tese la manina bagnata e sfiorò la pelle ruvida dell'animale, proprio sulla sommità del capo.

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Il Patto dell'Oceano

A quel tocco, lo squalo sussultò.

Poi, con una delicatezza che sfidava ogni logica della natura, strofinò il muso contro il corpicino del bambino, emettendo un soffio d'aria dall'asola branchiale, come un profondo sospiro.

Era come se quella carezza pura avesse risvegliato un patto antico, un'alleanza primordiale tra le creature della terra e quelle degli abissi.

Il grande predatore virò, lasciando una scia di schiuma d'argento, e tornò verso il suo branco, undici ombre che attendevano nell'oscurità. Uno alla volta, il capo branco si avvicinò ai suoi simili, strofinando il proprio muso contro il loro:

Un linguaggio muto, un ordine ancestrale trasmesso di reazione in reazione.

Ciò che videro i naufraghi subito dopo strappò loro le lacrime dagli occhi:

Gli squali smisero di cacciare.

Si disposero in un cerchio perfetto, ampio e invalicabile, intorno al gruppo di sopravvissuti.

Non erano più carnefici; erano diventati guardiani.

Per ore, mentre la notte dell'Atlantico scorreva sovrana, quelle pinne pattugliarono il perimetro, tenendo lontane le correnti gelide e qualsiasi altra minaccia nascosta nel buio.

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L'Alba e la Salvezza

Le ore passarono in un silenzio irreale, rotto solo dal battito dei cuori e dal respiro ritmico dei guardiani del mare. Poi, la linea dell'orizzonte cominciò a tingersi di un rosa timido, seguito dall'oro dell'alba.

E con la luce, arrivò un suono:

Il fischio profondo e metallico del Silver Star. Il cargo inglese era riuscito a compiere il miracolo, spingendo le caldaie oltre ogni limite per raggiungere le coordinate dell'S.O.S.

Quando le scialuppe di salvataggio del cargo si avvicinarono, i marinai inglesi rimasero impietriti ai bordi delle imbarcazioni, con i fucili spianati:

una dozzina di enormi squali circondava i naufraghi. Ma non c'era sangue, non c'era violenza. Gli uomini e le donne in acqua erano vivi, stretti gli uni agli altri, protetti da una barriera vivente.

Non appena la prima scialuppa calò i remi a pochi metri da Maria e dal piccolo Carmine, il grande capo branco fece un ultimo giro. Emerse un'ultima volta, sollevando lo sguardo vitreo verso il bambino che lo aveva accarezzato.

Carmine, ormai al sicuro tra le braccia di un marinaio britannico, tese la manina per un ultimo saluto.

Con un colpo di coda maestoso, il re dell'oceano si immerse, seguito dai suoi undici compagni, scomparendo nel blu profondo da cui era venuto. Avevano salvato quel carico di anime disperate, traghettandole verso la terra promessa.

L'Argentina era ancora lontana, ma su quella scialuppa, mentre il sole sorgeva alto nel cielo, ognuno di loro sapeva di aver assistito al momento in cui l'oceano aveva mostrato di avere un cuore.

Mentre le lance del cargo inglese completavano le primissime operazioni di recupero, l’orizzonte a occidente fu tagliato da tre imponenti sagome grigie. Non erano mercantili, ma navi da guerra che avanzavano a tutta forza, sollevando alte creste di schiuma bianca: erano gli incrociatori della Marina Militare Argentina, inviati d’urgenza dal governo di Buenos Aires non appena l'S.O.S. era stato rimbalzato alle autorità portuali.

La nave ammiraglia guidava la formazione, fiera e massiccia.

Sul ponte, i marinai argentini in divisa bianca erano già schierati lungo le murate, pronti a lanciare le cime di salvataggio e le reti da sbarco.

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Il Trasbordo: Braccia tese e Coperte di Lana

Il passaggio dei naufraghi dalle scialuppe agli incrociatori fu una macchina perfetta di efficienza e calore umano. I marinai argentini, commossi da quella visione di uomini, donne e bambini stremati ma miracolosamente vivi, si sporgevano dalle scalette tese lungo le fiancate d'acciaio.

"¡Vamos, hermanos! ¡Ya están a salvo!" urlavano, afferrando le mani tremanti dei passeggeri della terza classe.

Maria e il piccolo Carmine furono sollevati di peso da due giovani ufficiali.

Non appena i piedi dei naufraghi toccavano il ponte dell’incrociatore, venivano avvolti in pesanti coperte di lana blu e confortati con tazze di brodo caldo e mate bollente.

I medici di bordo iniziarono subito a medicare le ferite, ma l'attenzione di tutti, dagli ufficiali ai marinai semplici, era rapita dai racconti che cominciavano a circolare.

Il comandante del cargo inglese, salito a bordo dell'ammiraglia per coordinarsi, confermò l'incredibile al comandante argentino: "È tutto vero, Ammiraglio. Li hanno protetti fino al nostro arrivo. Se non lo avessi visto con i miei occhi, non ci avrei mai creduto".

La radio di bordo dell'incrociatore non smise un attimo di gracchiare. Il radiotelegrafista argentino trasmise i dettagli della vicenda a Buenos Aires, dove la Radio Nacional era in diretta fin dalle prime ore del mattino.

Prima ancora che le navi argentine invertissero la rotta verso Buenos Aires, mentre l'eco del motore riprendeva il suo battito regolare, accadde l'ultimo capitolo di quella notte incredibile.

Sul ponte di comando dell’incrociatore ammiraglia, l’Ammiratore fissava il mare con il binocolo. Le operazioni di trasbordo erano terminate, i naufraghi erano al sicuro e riscaldati sotto coperta, ma là sotto il miracolo non si era ancora dissolto.

Le dodici sagome grigie erano risalite dagli abissi, in attesa di qualcosa.

Nonostante il rumore dei potenti motori delle navi da guerra e lo spostamento d'acqua delle eliche, gli squali non accennavano ad allontanarsi; stazionavano in formazione, quasi fluttuando intorno alla chiglia d'acciaio degli incrociatori, come se stessero aspettando le conclusioni di quel patto speciale.

L'Ammiraglio, un uomo d’altri tempi con il volto segnato dal sale e dal comando, abbassò il binocolo. Sentiva che l'operato degli uomini non poteva chiudersi con un semplice addio.

Voltandosi verso il suo secondo, diede un ordine che lasciò gli ufficiali di plancia per un attimo sbalorditi:

"Ordinate alle cucine e alle cambuse di tutte e tre le navi di portare sul ponte tutto il pollame fresco, i quarti di bue e i generi di carne disponibili. Subito."

Nel giro di dieci minuti, i marinai argentini emersero dai portelli caricando enormi casse di legno. Sulle murate, gli equipaggi si schierarono non più con i fucili puntati, ma con i pesanti pezzi di carne tra le mani.

"Al mio segnale... lanciate!" ordinò l’Ammiraglio.

Fu un banchetto regale, un tributo solenne. Quintali di carne e pollame volarono in mare, sollevando alti spruzzi d'acqua proprio al centro del cerchio dei guardiani.

Gli squali diedero immediatamente segno di gradire quel dono inaspettato.

L'acqua si animò di gorghi e schiuma, ma senza la frenesia sanguinaria dei predatori ciechi:

Si spartirono il cibo con una regolarità quasi rituale, consumando il banchetto a sazietà sotto gli occhi increduli di marinai e naufraghi che si erano affacciati agli oblò.

Quando l'ultimo pezzo di carne sparì tra i flutti, il grande capo branco riemerse con il muso per un istante, quasi a voler salutare quel colosso di ferro che ora ospitava il "suo" bambino.

Poi, con un movimento sincronizzato, i dodici squali si disposero in una fila indiana perfetta. Con un vigoroso e ritmico scuotere di code, che sembrava un bizzarro cenno di congedo, si immersero all'unisono, scomparendo definitivamente nelle correnti dell'Atlantico.

Solo allora l'Ammiraglio si tolse il berretto d'ordinanza, passandosi una mano tra i capelli grigi, e sussurrò: "E adesso, fate rotta verso casa. Abbiamo una storia che il mondo farà fatica a credere".

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L'Attesa a Buenos Aires:

Un Paese con il Fiato Sospeso.

Nel frattempo, in tutta l'Argentina, la vita si era letteralmente fermata.

Dai caffè di viale de Mayo, ai mercati della Boca, dalle case popolari dei migranti italiani, fino alle grandi tenute della Pampa, la voce del celebre annunciatore radiofonico teneva una nazione incollata agli apparecchi:

"¡Atención, pueblo argentino!

Le navi della nostra Marina stanno rientrando con i sopravvissuti della tragedia. E’ confermato, ripetiamo, confermato il miracolo:

uno branco di feroci creature marine ha protetto i nostri futuri cittadini dalla morte.

Un bambino ha toccato il cuore dell'oceano!"

Le fabbriche concessero un'ora di pausa straordinaria; le scuole interruppero le lezioni. Migliaia di famiglie di immigrati già stabiliti in Argentina, che conoscevano fin troppo bene la paura di quel viaggio transatlantico, iniziarono a convergere a piedi verso il porto di Buenos Aires.

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L'Arrivo al Porto: Il Trionfo dell'Umanità

Quando l'incrociatore ammiraglia entrò nel bacino del porto, l'accoglienza fu oceanica, degna dei grandi eroi della patria.

La banchina era una distesa infinita di teste:

Si calcolavano più di cinquantamila persone.

Non appena la sagoma grigia della nave da guerra superò i moli, l'aria fu squarciata dalle sirene di tutte le imbarcazioni ancorate nel porto e dal suono a festa delle campane delle chiese vicine. La folla esplose in un boato di gioia, sventolando bandiere argentine e tricolori italiani.

La passerella venne calata. I primi a scendere furono i feriti leggeri, seguiti dalle famiglie che si erano salvate restando unite. La gente piangeva, stringeva le mani dei soccorritori, lanciava fiori di campo sul ponte della nave.

Ma il culmine dell'emozione si raggiunse quando sul molo apparve Maria, stanca, con i vestiti ancora segnati dal sale del mare, che teneva in braccio Carmine. Il bambino, del tutto ignaro di aver cambiato le leggi della natura, stringeva tra le mani un piccolo salvagente di sughero regalatogli dai marinai.

"¡Ahí sta il moccioso! ¡El angelito!" gridò un vecchio scaricatore di porto.

La folla si aprì in un applauso scrosciante, un applauso che sembrava non voler finire mai.

La Banda municipale intonò note di benvenuto, mentre decine di braccia si protesero per toccare, anche solo per un attimo, i vestiti di quel bambino del miracolo.

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Quella massa di diseredati, partiti dall'Europa distrutti dalla miseria e dalla guerra, non entrava in Argentina da mendicante, ma sotto la luce di una leggenda che sarebbe passata di generazione in generazione. L'Argentina non li stava solo ospitando: li stava adottando con amore.

(Tutti i diritti riservati)

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